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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

NUEVA YORK ES UNA EXPERIENCIA CINEMATOGRÁFICA


The fall
Panorámica de Manhattan, desde el Puente de Brooklyn.


NUEVA YORK ES UNA EXPERIENCIA CINEMATOGRÁFICA PORQUE ES UNA CIUDAD CONCEBIDA, EN CUANTO A SU FISONOMÍA Y A SU VIDA URBANA, COMO UN MONTAJE PARA UNA SALA DE CINE


Cuando empecé a reflexionar sobre el enfoque que podría darle a este artículo, en el que evidentemente quería resaltar la mágica oportunidad profesional que Producciones Anafilaxis ha vivido en Nueva York, al principio pensé que lo más conveniente sería que adoptase la forma de un cuaderno de bitácora que recogiese puntualmente cada uno de los lugares que visitamos, tejiendo alrededor de ese suceso la red de opiniones, emociones y sensaciones que me suscitó su contemplación presente o que me evoca ahora su observación retrospectiva. Probablemente hubiera sido una guía útil, incluso me atrevería a decir que incisiva, pero hubiera carecido de una originalidad, de un impacto, genuinamente anafiláctico: ya hemos reservado el excelente videoblog de Rubén (en dos partes) y las redes sociales para ese cometido, así que os invito a que os empapéis de ambos (como nosotros nos empapamos en nuestra ruta marítima hacia la Estatua de la Libertad) para descubrir los espacios, las atmósferas y las anécdotas que inspiraron el contenido de este artículo.

Después me convencí de que respondería mucho más a los propósitos de esta sección, particularmente en cuanto a su obsesiva compulsión por arrastrarme y arrastraros hacia algún recodo filosófico del que solo se pueda escapar a través de su propio precipicio (el suicidio intelectual está despenalizado desde que los griegos empezaron a enfrentarse a los prejuicios), que consiguiera articular una narrativa que se abstrajera de referencias corpóreas y fácticas (que no de las sensoriales) para aislar la experiencia en sí misma, como el único producto subjetivamente válido, y por eso poéticamente válido, de una aproximación a la realidad. Parece que este ejercicio implicaría una extravagante telequinesis filosófica, toda vez que impondría que la entelequia sentimental doblegue al rigor analítico del método (¿de qué método?, se preguntaría el escéptico Popper, demostrando que el escepticismo es la actitud intelectual más eficiente, aunque no la actitud vital más eficaz); pero el hallazgo del romántico poeta Schegel, que con este aforismo no podía sino pertenecer a la corriente romántica, me permitirá que mi experiencia subjetiva (cómo me proyecto hacia las cosas, más que cómo las cosas me impresionan a mí) también pueda constituir un método filosófico, y no solo un método filosófico relativista: “Donde termina la filosofía, la poesía debe comenzar”.
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El propósito de este artículo es hablar de experiencias, no de lugares ni de hechos.
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Fuimos por un pequeño proyecto innovador que consolida la ilusión en Producciones Anafilaxis.
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Antes de continuar con este discurso, debo introducir una digresión para explicar la razón de nuestro viaje a Nueva York. Será una interrupción breve, pero conviene señalarlo, por si entre nuestros lectores figura alguno de esos tipos íntegros que abjuran de la comercialidad para que no corrompa su inocencia (y qué inocente es esta suspicacia): este párrafo es un párrafo patrocinado. Vaya, que ahora toca autobombo comercial explícito; y así revelo, de paso, la farsa sobre el significado del resto de los textos, que quizá no ha engañado a nadie. El pintor riojano Luis Burgos, al que le grabamos un cortometraje documental, expone durante febrero y marzo de 2020 sus últimos trabajos en la galería del Instituto Cervantes de Nueva York. Se suma el innovador factor de que sus obras también se proyectan en doce pantallas gigantes interactivas, en la fachada de una antigua estación de autobuses, en el cruce de la Octava Avenida con la calle 42 (Times Square). Producciones Anafilaxis grabó sus obras y propuso el diseño de algunos efectos interactivos, luego trasladados técnicamente en las pantallas, que propiciaran una aproximación más participativa y lúdica del público a sus pinturas. También realizamos tres breves montajes de vídeo para los créditos, con el objetivo de representar simbólicamente con ellos el título de la exposición, “Las palabras que callas”, a través de su abigarrado estudio y su impulsiva forma de trabajar, de su acusada autenticidad y personalidad artística y, por supuesto, de sus matéricas y vibrantes obras.

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Las pantallas interactivas de la galería Coolture, en 8ª Av. con 42ª St. (Times Square).

Bien, retomo el argumento. Precisamente porque postulo la experiencia como una proyección de lo que somos hacia lo que nos rodea, y considerando que escribo esta tribuna como creador y productor audiovisual (o al menos como miembro de un proyecto que aspira a semejantes fines), la peculiaridad que puede definir con más exactitud nuestra experiencia en Nueva York es su marcado carácter cinematográfico. Es más, me atreveré a jugar con el orden lógico de las premisas para invertir la conclusión, y afirmo: no es que Nueva York sea cinematográfica porque haya aparecido en tantas películas y se la haya grabado tantas veces y se haya plasmado en tantas imágenes icónicas (que es lo que ocurre con tantos otros lugares y episodios, que tienen imaginario e idiosincrasia de sala de museo y no de sala de cine), sino que es Nueva York (desde su arquitectura a su vida urbana) la que ha dotado de verdadera condición cinematográfica a esas obras. Porque Nueva York es una ciudad cinematográfica en sí misma, en su concepción, en su desarrollo y su transcurso, en los cotidianos desenlaces que ocurren cada noche cuando sus habitantes se acuestan y que componen the ends normalmente frustrados por su fragmentaria vocación de infinito.

Bastará un ejemplo para interpretar la extraordinaria singularidad de la subversión de aquella prelación intuitiva. Nuestro Congreso de los Diputados posee imaginario e idiosincrasia de sala de museo, esta es su vocación de forma estable, y desde luego todos asociamos vídeos y fotografías a ese ágora epidáurico en el que asumimos pacientemente que reside nuestra soberanía popular porque, en realidad, nos hemos percatado de que ni siquiera en democracia el voto llega a determinar casi nada de lo que importa. Por mucho que se le grabe o se le fotografíe no logra desprenderse de su naturaleza de sala de museo, y menos todavía cuando un puñado de histriones se empeñan en intentar convertirla en sala de cine esporádicamente: durante las sesiones plenarias casi podría asimilarse a una de esas salas de cine donde se sirven palomitas tan tostadas y saladas que provocan hipertensión incluso a los hipocolesterolémicos. En nuestra historia reciente solo ha transitado del rango de sala de museo al rango de sala de cine una vez, aunque hay que admitir que lo hizo de manera paroxística, deslumbrante (entiéndase el adjetivo referido exclusivamente en cuanto a su valor como producto cinematográfico), cuando el brutal espasmo nacional (espasmo y, por suerte, también estertor) del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. La aguda inteligencia de Julián Marías, tan bien reproducida literariamente por Javier Cercas en su novela-ensayo Anatomía de un instante, ya advirtió de que el 23-F ha sido la mejor película que nunca se ha rodado en España, y será difícil que ninguna futura pueda alcanzar la violencia expresiva y conceptual (violencia artística desnuda) de ese montaje. Después de aquello ya se ha restaurado su perpetuo imaginario e idiosincrasia de sala de museo, de sala de museo desapacible y tediosa, no obstante; y acaso con ínfulas de sala de cine por culpa de unos cuantos fantoches procelosos a los que el poder colapsa la testosterona. Se ha restaurado, en fin, su impenitente realidad.


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Nueva York es un montaje que no resta verdad a lo que se ve, pero lo imbuye todo de una sensación de irrealidad.
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Montaje: esta es la palabra clave. Porque el montaje es la médula del arte cinematográfico. Y el montaje es, a su vez, el arte de lo irreal. En el montaje subyace la diferencia entre un imaginario y una idiosincrasia de sala de museo y una de sala de cine, según las metáforas que vengo utilizando, pues, aunque en una sala de museo todo está escrupulosamente montado, no percibimos su grado de ficción; por el contrario, en la sala de cine reconocemos desde el inicio que todo es un montaje, que nos hemos apartado de la realidad para adentrarnos en una dimensión diferente. En una sala de museo todo se nos presenta como real, una realidad asombrosa, espléndida y fantástica muchas veces, pero que no despega ni renuncia a su condición de realidad (la materia es un recurso inevitable en cualquier obra plástica, y además su tratamiento es decisivo para consolidar lo inmaterial que la transforma); mientras que en una sala de cine nos introducimos en un santuario de la irrealidad en el mayoritariamente nos desasimos de la luz, que es el elemento sensible que define nuestra noción de realidad, y en el que por eso la ficción puede mostrarse como ficción pura, con todos sus componentes míticos. Lo ha descrito con su habitual finura y sagacidad Fernando Trueba, en una reciente entrevista a El Mundo (27-02-2020): “El cine tiene un pie e la literatura y el otro, en los sueños. Como yo concibo que se deben ver las películas, que es a oscuras en una sala y en continuidad, pertenecen al mundo de los sueños y de la hipnosis, por esos les gustaba tanto el cine a los surrealistas”. Tampoco debe ser casual, por tanto, que Nueva York atrajera a Lorca. Nueva York es una ciudad montaje, un montaje perpetuo, porque todo en ella nos parece irredimiblemente irreal (cuidado: nunca me he referido a montaje como artificiosidad o ausencia de verdad), a pesar de que lo hayamos visto tantas veces que se haya disipado la lejanía en favor de una extraña familiaridad, o justo porque lo hemos visto tantas veces en una pantalla que cuando lo visitamos sentimos que tan solo nos hemos sumergido dentro de esa recurrente pantalla. Ya sabéis que mi lema, o al menos el que elegí para presentarme en este blog, es que hay que vivir la realidad a través de la ficción porque la ficción supone vivir la realidad a contracorriente. Así que si quisiera ser coherente, y no cómodo y práctico, que es por lo que abogo ahora desde mi habitación, Nueva York sería un buen destino para vivir.

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Vista nocturna de la zona de Broadway y Times Square.

Hay otras cualidades que contribuyen a que Nueva York sea una experiencia cinematográfica, cualidades que comparte con los planteamientos teóricos y ejecutivos de la disciplina de la imagen en movimiento. Porque, efectivamente, Nueva York es imagen en movimiento, en movimiento constante, acelerado y tumultuoso, todo se mueve con rapidez hiperactiva y sin que ni siquiera la noche logre echarle el freno. No puedes imaginarte a Nueva York detenida, y que quizá por eso un Memorial como el del 11-S sobrecoge más que el de cualquier otra tragedia que se haya padecido en cualquier otro sitio, es estremecedor que se paralice el tiempo en medio de una ciudad que fluye inclementemente. En Central Park también ha permeado esa dinámica, a pesar de que sus bosques deberían constituir uno de esos claustros monásticos que, mediante una alquimia enigmática, se encierran sobre sí mismos y aíslan del movimiento y del sonido y llaman a la contemplación pacífica: pero el bullicio continúa en Central Park, no se ralentiza, todo es tránsito y trasiego, qué raro es encontrar a personas que simplemente se hayan sentado debajo de un árbol sin hacer nada, tan solo para comulgar con su desmadejada naturaleza y la que naturaleza caótica que les envuelve, también las ardillas están particularmente desquiciadas. Esta tendencia al movimiento es probablemente un patrimonio común de todas las grandes capitales y megalópolis, pero en el Parque del Retiro todavía se encuentran espacios de quietud, sombras para un reposo de mirada perdida y oídos huecos.


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Nueva York, como el cine, nace de la imagen en movimiento y de la red de sonidos que va unida a ella.
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Eso ya no es posible en Nueva York. Todo se mueve, y todo suena: un hipertrófico horror vacui. Quizá sea la ciudad donde más se teme a la muerte porque es en la que menos se advocan la pausa y el silencio. Sospecho que un diseñador de sonido debe alucinar, si es que consigue templar sus nervios, con todas las voces y ruidos que se mezclan incluso en una esquina anodina del ultramontano barrio de los judíos ortodoxos, donde uno apenas esperaría letanías recitadas en hebreo y la expansión del silencio meditativo. Una de las experiencias más cinematográficas que más disfruté en Nueva York fue cerrar los ojos en varios rincones, impávido entre los agitados viandantes, para profundizar en la captación de mi entorno sonoro, para escuchar el movimiento. Como la mejor música de Wagner, ese tapiz sonoro cose un universo visual en la imaginación, sin necesidad de ningún otro acompañamiento. Eso es lo que se supone que consigue una fecunda wildtrack en una película. Nueva York es imagen en movimiento y sonido en movimiento.

Nueva York es, además, extraordinariamente fotogénica. Ya se sabe que la fotogenia, no necesariamente vinculada a la belleza, es el carisma que unge a los actores y sin el que no pueden llegar a ser eficaces. Uno no se cansa de fotografiar Nueva York, aunque luego resulte que sus fotos terminan pareciéndose mucho entre sí (los rascacielos y las escaleras de incendios en los edificios de ladrillo son omnipresentes, un centro de gravedad hipnótico); pero hay algo que te convida a hacer una nueva foto una vez y otra, es un influjo misterioso que te impide vivir Nueva York con sentido de presencialidad presente (y eso que en Nueva York no hay espacio salvo para el presente, ni el futuro se recuerda ni el pasado se proyecta), como si nos hubiéramos acostumbrado a vivir Nueva York a través de una lente y de una pantalla y no supiésemos vivirla de otro modo, como si ese modo fuera el único cierto y posible. De esa fotogenia seguramente participa su cosmopolitismo, lleno de eclecticismo y contradicciones éticas y estéticas (y salpicado también, en muchas zonas, de un acentuado espíritu de barrio que resulta aún más provinciano por oposición), contrastes brutales tanto en la arquitectura como en las conductas, y que a veces se presentan con una contigüidad tan estrecha que multiplican la impresión de irrealidad (sobre todo porque no cuesta creer que esa fotogenia sea azarosa, como es, y no deliberadamente buscada). También participa de esa fotogenia la magnitud gigantesca de Nueva York, una escala inhumana, en las antípodas de la concepción renacentista, que la hace una ciudad enérgica y abrumadora pero inquietante y poco acogedora. Una de las características que define al cine es su escala desproporcionada, al menos cuando se contempla en la gran pantalla, que parece tristemente condenada a convertirse en añoranza: imagínese especialmente el primer plano, ese recurso netamente cinematográfico, y la impresión que nos trasmite ver un rostro humano en un tamaño tan aumentado. Nueva York es un montaje, es movimiento, es fotogénica y es gigantesca, y por eso constituye en sí misma una experiencia cinematográfica.

exposicion de cinematografos
Exposición de cinematógrafos en el Museo de la imagen en Movimiento.

Por último, y aunque sea un aspecto más prosaico, Nueva York es epítome del capitalismo: de la industria y de la logística para organizar esa industria. No descubro nada nuevo si digo que el cine es, de entre todos los artes, la que más precisa de una infraestructura industrial y comercial que la sustente, hasta el punto de la historia ha demostrado que sin una industria mínimamente desarrollada el cine no ha llegado a desplegarse en ningún país de forma rotunda. Una conexión más que hace de Nueva York una entidad cinematográfica. Sería curioso explorar otra contradicción de esta ciudad (la contradicción, esa fuente creativa), y es que haya sido la cuna norteamericana del cine que huye de la industria y de los canales de producción y distribución establecidos, el cine contracultural y underground (Jonas Mekas, New American Cinema), a pesar de la vocación aplastantemente financiera, industrial y comercial de la ciudad (Wall Street, World Trade Center).

En cualquier caso, más allá de toda lírica y de todos los argumentos expuestos, Nueva York sería una experiencia cinematográfica tan solo por contener The Museum of the Moving Image, en el barrio de Queens, imprescindible para cualquier cinéfilo. Ahí va la recomendación de viajero, un resquicio de la primera perspectiva de cuaderno de bitácora que iba a tener este artículo. Un museo que no es un museo, sino una sala de cine. Como en realidad lo es, se ha podido comprobar, toda la ciudad de Nueva York.
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Nueva York tiene una fotogenia cosmopolita y gigantesca y una gran industria, elementos claves también en la cinematografía.
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Publicado el 28/02/2020



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