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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

Los detectives posmodernos


Poster la conversación
Cartel de la película La conversación (1974), de Francis Ford Coppola. Se lee: “Harry Caul es un invasor de la privacidad. Es el mejor en su campo. Puede grabar cualquier conversación entre dos personas donde sea.// Hasta ahora, tres personas han muerto por su culpa”.


Un filósofo dijo que el camino de bajada y el de subida son uno y el mismo.


Cuando entre copa y copa, la cinefilia asoma, no son pocos quienes citan entre sus películas favoritas la trilogía de El Padrino (1972, 1974 y 1990), de Francis Ford Coppola. Esta decisión siempre es bienvenida y me permite concluir que hablo con románticos de la decadencia moral, temática que tengo por entre las mejores. Sin embargo, es más raro que estos cinéfilos y románticos de la decadencia moral, a la hora de alabar la maestría de Coppola, refieran su película La conversación (1974), cuya banda sonora original os invito a escuchar mientras leéis éstas mis elucubraciones mundanas.

La conversación gira en torno a Harry Caul, interpretado por un Gene Hackman genial que quien haya visto, por ejemplo, Arde Mississippi (1988), de Alan Parker, pensará algo así como que no puede ser, que este caballero tiene un doppelgänger que le ha usurpado hasta el nombre, como por obra y gracia del mejor Saramago. El protagonista es un afamado detective que cuenta con tecnología de vigilancia puntera y única, que le permite grabar conservaciones ajenas en la distancia. En el contexto del San Francisco más urbano, menos residencial, lejos de las casitas unifamiliares y calles ondulantes, arriba-abajo, abajo-arriba, sin tranvías ni salitre, Harry Caul es contratado por un millonario para grabar y fotografiar la conversación que mantiene una joven con su amante. Ella es la esposa del magnate; él, uno de sus muchos empleados. Siendo conscientes del peligro que corren, la pareja de amantes da vueltas en círculos alrededor de una gran plaza concurrida. Pero el millonario quiere escuchar sus voces y ver sus caras, ya que, si no, no podrá creerlo. Pero Harry Caul es el mejor investigador privado de los Estados Unidos, por lo que Harry Caul va a conseguir grabar esa conversación. Y será su fin. En este sentido, si se me permite el aviso, recomiendo no continuar leyendo el artículo hasta haber visto la película, en su caso. Ésta se encuentra disponible en FILMIN.
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Y Harry Caul acepta el encargo, dando comienzo a su caída definitiva.
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Harry Caul: solitario y desconfiado, perseguido por la culpa.
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Dicho lo cual, y ya lavadas las manos, lo cierto es que La conversación también es una historia de decadencia, pero no moral sino más bien podría decirse que de decadencia filosófica, existencial. De la conversación grabada, Harry Caul interpreta que el millonario quiere asesinar a los jóvenes amantes y que para ello aprovechará la cita que ambos convienen en un hotel concreto, en un día concreto, a una hora concreta, en una habitación concreta. Sin embargo, cuando Harry Caul hace esta lectura de la realidad es víctima de su propio pasado, reestructura los hechos partiendo de su propia vida. Él es un hombre solitario, muy desconfiado y con un gravísimo sentimiento de culpa debido a que fue el responsable de la muerte de una familia entera: padre, madre e hijo. La única conexión con su propia individualidad es el amor que siente hacia una mujer, amor que tendrá que sacrificar cuando ella le pide que le cuente algo, por poco que sea, sobre quién es él, qué hace con su vida. Las razones tras este sacrificio son ambiguas: desde la desconfianza más desquiciada, hasta el miedo a que le hagan daño, se entiende. La cuestión es que Harry Caul renuncia al amor de la mujer, agudizando así su soledad y, claro está, su voluntad de proteger a aquella otra pareja de enamorados.

Fotograma de La conversación
Fotograma de La conversación (1974), de Francis Ford Coppola. Los amantes se han reunido en la habitación contigua del hotel y Harry Caul está haciendo uso de la tecnología para escuchar qué ocurre. Por lo demás, el simbolismo es elocuente.

Pero Harry Caul no descubre la verdad, pese a lo verdadero/objetivo de la conversación que escuchó. Son los amantes quienes quieren matar al magnate. Y lo matan, claro, y Harry Caul no puede ni ha podido hacer nada para evitarlo porque andaba equivocado desde el principio. Se ha dejado llevar por las grietas de su propia intimidad, tan en ruinas, como explica el crítico de cine Geoff Pevere. La conversación se cierra con Harry Caul siendo amenazado por teléfono para que no diga nada, para que calle todo lo que sabe, y para hacerle saber que le escuchan, que pese a todos sus esfuerzos de autoprotección, alguien se ha colado en su casa y ha puesto, al menos, un micro. Y entonces Harry Caul destrozará su casa, hasta el parqué, buscando un micrófono que no va a encontrar. El resultado es una casa en ruinas, como la intimidad de un Harry Caul tocado y hundido. linea cita blog
Harry Caul ha interpretado la realidad desde su intimidad en ruinas.
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Fotograma de La conversación
Fotograma de La conversación (1974), de Francis Ford Coppola. Retrato de un detective posmoderno.

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Me permito comparar La Conversación con La trilogía de Nueva York, de Paul Auster.
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Conviene advertir que, en una entrevista concedida por Francis Ford Coppola en torno a su película La conversación (1974), el director habla de ella como un ensayo sobre la pérdida de intimidad, a salvo de que admite haber leído recientemente El lobo estepario (1927), de Hesse. Como explica Román Gubern en su Historia del cine, “aunque (La conversación) no aludió al Watergate puso al desnudo la indefensión de nuestra intimidad en una era en la que la tecnología electrónica al servicio del espionaje industrial o militar ha abolido paredes, puertas y ventanas, situando al ciudadano en el umbral de una nueva pesadilla social”. En consecuencia, cuando pongo el foco sobre la decadencia existencial, en verdad es un desenfoque del objetivo original de su autor, que más bien buscaba retratar algo así como un cazador cazado. Que sea legítimo o no, eso lo dejo a vuestro parecer. Es una humilde opinión cuando entiendo que el final tan pictórico del protagonista, ya caído desde el principio pero que se hunde definitivamente, y sobre todo esa soledad asfixiante y esa incapacidad por entender realidades objetivas, esto es, el subjetivismo con el que nos acercamos a la verdad, el hecho insoslayable de que nuestras mejores intenciones no nos libren de equivocarnos, podría tenerse por posmoderno. Y con esta licencia me permito compararlo con La trilogía de Nueva York (1985-1986), de Paul Auster, e identificar algo así como un nuevo arquetipo literario: el detective posmoderno, solitario hessiano que en su búsqueda de la verdad va a hundirse aún más en el abismo de su fracaso.

Fotograma de La conversación Fotograma de La conversación

Fotograma de La conversación (1974), de Francis Ford Coppola. Retrato de un detective posmoderno.

Leí La trilogía de Nueva York hace ya dos años. Pensarlo me da vértigo. Fue en los primeros días del enero de 2018, tenía que estudiar para sacar unos tres exámenes concentrados en la semana siguiente. Pero La trilogía de Nueva York me enganchó y lo leí de un tirón. Lo malo de cuando uno hace estas cosas es que luego la memoria le falla un poco: sirva de excusa, si es que sirve. Apuntado en la primera página del libro leo: “¡Una de las mejores novelas que he leído en mi vida!”. Por lo demás, si La conversación muestra atisbos de posmodernidad, toda La trilogía de Nueva York es posmodernidad en estado puro, es confusión narrada, el “Solo sé que no sé nada” de Sócrates hecho literatura una y otra vez, y las capas de realidad se mezclan, la realidad se ficciona y la ficción intenta pasar por real, larga vida a Borges. La trilogía la conforman tres novelas, en origen publicadas de forma separada: Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. Vamos a centrarnos en la primera. Transcribo el primer párrafo con el que se abre Ciudad de cristal, en la traducción de Maribel de Juan para la edición publicada por Círculo de Lectores: linea cita blog
La trilogía de Nueva York es posmodernidad en estado puro.
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“Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar. Pero es fue mucho más tarde. Al principio, no había más que el suceso y sus consecuencias. Si hubiera podido ser diferente o si todo estaba predeterminado desde que la primera palabra salió de la boca del desconocido, no es la cuestión. La cuestión es la historia misma, y si significa algo o no significa nada no es la historia quien ha de decirlo”.


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Y Daniel Quinn acepta el encargo, dando comienzo a su caída definitiva.
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Así, Ciudad de cristal comienza cuando Daniel Quinn, antes poeta y ahora escritor anónimo de novelas de detectives, hombre solitario cuya mujer e hijo de tres años han muerto, recibe una llamada telefónica. Preguntan por el detective privado Paul Auster. En un principio, Daniel Quinn advierte de que se han equivocado de número, pero finalmente, dada la insistencia de las llamadas, decide hacerse pasar por el tal Auster. (Por cierto, este suceso le ocurrió de verdad de la buena al propio y real Paul Auster: todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó y la voz al otro lado preguntó por la agencia de detectives privados Pinkerton, a lo que Auster rápidamente respondió que no, que él no era ningún detective y que mucho menos lo era de la tal agencia Pinkerton. Os facilito una de las muchas entrevistas donde Auster comparte esta conocida anécdota, que dio pie a este clásico de la literatura contemporánea, amén.) Como decimos, debido a la insistencia de las llamadas, Daniel Quinn termina haciéndose pasar por el detective privado Paul Auster y acudir a la casa de sus clientes a fin de conocer el encargo. Allí, Peter Stillman, extraño poeta, le cuenta que hace muchos años su padre, Mr. Stillman, célebre y brillante académico, le encerró en una habitación durante nueve años en la creencia de que así su hijo recuperaría el habla de Dios. Ahora que Mr. Stillman va a salir de la cárcel, su hijo necesita protección. Para ello, Daniel Quinn tendrá que vigilarlo en la distancia, seguirlo por las calles de Nueva York, hablar con él utilizando identidades falsas e intentar desentrañar sus propósitos. Los de Mr. Stillman, un anciano que parece inocuo, un anciano amable. Igual que en el caso de La conversación, la aceptación por Quinn de este encargo termina por hundirle definitivamente. Porque Mr. Stillman desaparecerá sin dejar rastro, y Daniel Quinn se abandonará, literalmente, para proteger a Peter Stillman de su padre. Se postrará delante del edificio de su casa, escondido entre los contenedores de basura de un callejón, y no se permitirá abandonar su puesto de vigilante ni un segundo. Como ocurre en el caso de El Palacio de la Luna (1989), Paul Auster reserva a su protagonista metamorfosearse en un vagabundo.

Por supuesto, hay elementos que diferencian al detective de Coppola del detective de Auster. Se me ocurre que mientras uno es un detective de verdad, el otro es un mero aficionado, casi que un impostor. También: que mientras a uno le espera una verdad que no supo entender, al detective de Auster es cuestionable que le espere verdad alguna, aparte de ser un maestro en el arte de la duda infinita. Sin embargo, ambos autores perfilan como característica principal de sus protagonistas su agobiante soledad, su inadecuación social, su fragilidad en el contexto de grandes urbes. Son, además, individuos obsesivos, que se van a aferrar al caso como una cuestión personal y ello motivado en gran parte por el fracaso de sus vidas personales. Es anecdótico, pero ambos autores (Coppola fue, además de director, guionista de La conversación) hacen que sus protagonistas lleven consigo un objeto rojo clave: en el caso de Harry Caul, la carpeta roja donde guarda las fotografías de los amantes conservando en la plaza de San Francisco; en el caso de Daniel Quinn, el cuaderno rojo donde escribe todas sus observaciones, conclusiones y dudas, muchas y muchas dudas. Para nosotros, oh occidentales, el rojo no es un color inocuo: está asociado en nuestro mejor imaginario a las pasiones, a la emoción. En verdad, la carpeta de Caul varía de color a lo largo de la película, apareciendo roja en los momentos de mayor obsesión de Harry. En el caso de Daniel Quinn, el cuaderno rojo es siempre rojo, pero es centralísimo en la trama. Se supone que Ciudad de cristal fue la transcripción que un desconocido (no se dan explicaciones, cabe imaginar cualquier cosa) realizó a partir de las notas recogidas en este cuaderno. Porque Daniel Quinn desaparecerá. No se sabrá nada de él. Solo que, caído y hundido, ya transformado en un vagabundo, en un fantasma de la sociedad, se recogió en el apartamento de su cliente, Peter Stillman, ya vacío y abandonado. En relación con esta escena de cierre, similar a la que pone fin a La conversación a salvo de su mayor dramatismo, me remito a la adaptación gráfica de Ciudad de cristal (2005), llevada a cabo por Paul Karasik y David Mazzuchelli y que es, sinceramente, genial y que agradezco mucho me fuera regalada cuando cumplí el cuarto de siglo. Me consta que no fue tan fácil conseguirlo. linea cita blog
Tanto Caul como Quinn son individuos frágiles en el contexto de grandes urbes.
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Final de Ciudad de Cristal
Final de Ciudad de cristal, de P. Karasik y D. Mazzucchelli. Editorial Navona Gráfica. Daniel Quinn se encierra en el piso abandonado de sus antiguos clientes. Agota todas las páginas del cuaderno rojo escribiendo sobre el caso, sin llegar a ninguna conclusión.

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El detective posmoderno se pierde en la realidad como en una emboscada.
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En conclusión, puede decirse que del “detective” posmoderno no se espera que resuelva ningún misterio. No es Hercule Poirot; tampoco es Sherlock Holmes. El detective posmoderno no es un detective de verdad, es sencillamente una excusa, una usurpación del título con el objetivo de reflejar una búsqueda que dé sentido a un individuo caído a menos. Del detective posmoderno no vamos a admirar su ingenio, como hiciéramos antes con Asesinato en el Orient Express (1934) o El perro de los Baskerville (1901). Solo se espera que se esfuerce al máximo en su búsqueda, pese a las dudas de que quizá no tenga sentido, de por qué se ha tenido que meter donde no le llamaban. Pero, sobre todo, el detective posmoderno quedaría definido como aquél que, conociendo la realidad objetiva, se adentra en ella y se pierde, como un laberinto, como una emboscada, de la que no va a poder salir. El detective posmoderno es una caída en picado y definitiva, dijo Pilar Bravo de Lallana. Y, dicho todo esto, en este sentido, esta autora se pregunta quién, en esta posmodernidad tan confusa, no es acaso un detective posmoderno.

Escena Ciudad de Cristal
Escena de Ciudad de cristal, de P. Karasik y . D. Mazzucchelli. Editorial Navona Gráfica. Daniel Quinn conversa con el hijo de Paul Auster, también llamado Daniel.



Publicado el 27/12/2019



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