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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

La teta asustada


A diez años de cosechar oro, la obra maestra de Claudia Llosa preserva su verdadero valor



Hemos hablado ya de dos figuras y obras del cine peruano que lograron sobresalir pese a ser concebidas en la peor de las coyunturas. Al margen de sus respectivos méritos, las filmografías de Lombardi y los Chaski se sostuvieron por una ley de cine de 1972 que permitió un periodo de producción constante y sentó las bases de una industria, cuando menos, factible. Paradójicamente, ninguno de los grandes títulos que surgió de este periodo lograría igualar en repercusión internacional a uno concebido en el contexto de producción ínfimo que resultó del desamparo de la ley de 1994. Es evidente que La teta asustada y Claudia Llosa siempre estarán ligadas al Oso de Oro de Berlín y a la primera nominación al Óscar del cine peruano. Pero aquí vamos a aislar dichos reconocimientos y detenernos en el valor intrínseco de una película cuyo milagroso desarrollo es comparable al de una flor de papa que nace en pleno desierto.

El primer logro de este proyecto fue, precisamente, poder concretarse. Al igual que buena parte del cine peruano contemporáneo y varias películas de origen latinoamericano desde los 90, La teta asustada se financió bajo un modelo de coproducción con España a través de la productora madrileña Wanda Visión, que ha apostado por Claudia Llosa desde su primer largometraje, Madeinusa (2006), hasta sus más recientes proyectos enteramente españoles. En contraste con coproducciones pasadas donde dichos requisitos se tradujeron en la presencia disonante de un actor/personaje español o la neutralización del coloquialismo peruano, las de Wanda reflejaron un modelo más discreto y responsable de implicación creativa. Madeinusa marcó un precedente favorable para La teta al representar una realidad andina, contar con actores oriundos como Magaly Solier, y estar parcialmente hablada en quechua. Aunque fue acusada de apropiación cultural por el origen limeño de su autora y el español de sus productores, algo que en realidad respondía al tratamiento osado de una tradición andina tabú, el debut de Llosa logró erigirse como un auténtico film peruano que rompió con la tendencia de otros títulos contemporáneos de limitarse a representar historias de la capital con estrellas locales. El respaldo de Wanda también la ayudó a entrar en el circuito de festivales latinos y europeos como La Habana y Rotterdam donde obtuvo buenos reconocimientos. La teta asustada sí supondría un retorno a un contexto limeño, aunque más bien periférico, y a la inclusión de una actriz española, Susi Sánchez, interpretando a una limeña adinerada. Pero el resultado no sería muy diferente al de Madeinusa en términos de identidad cultural y solvencia artística. linea cita blog
Fausta no representa a una mujer en particular pero a todo un conjunto de mujeres sobrevivientes reales.
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la leche del dolor
La leche del dolor. Fausta (Magaly Solier) y su madre Perpetua (Bárbara Lazón).

El guión de Claudia Llosa cuenta la historia de Fausta (Magaly Solier), una mujer que sufre una enfermedad psicológica de nombre jocoso pero de trasfondo severo que heredó a través de la leche de su madre, una víctima de violación del terrorismo de Sendero Luminoso. Fausta no representa a una mujer en particular pero a todo un conjunto de mujeres sobrevivientes reales cuyas experiencias probablemente no tuvieron mayor difusión fuera de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. ¿Cómo hizo entonces una limeña de condición privilegiada para conocer en detalle una realidad cultural y generacionalmente ajena para luego volcarla con convicción a través de Fausta? La respuesta está en el libro Entre Prójimos de Kimberly Theidon, profesora de la Universidad de Harvard que recopiló testimonios de víctimas del conflicto armado interno incluyendo mujeres que afirmaron sufrir "la teta asustada" o "la leche del dolor" (éste último sería el título del film en inglés). Fausta es pues la portadora de una enfermedad que le impide relacionarse con normalidad con otras personas, sobretodo con hombres en los que ve potenciales violadores como el que asesinó a su padre y traumatizó a su madre, Perpetua (Bárbara Lazón). Ésta última también personifica notablemente el sufrimiento colectivo de los testimonios del libro de Theidon, bastandole la magistral secuencia inicial para describir, en forma de canción, la brutalidad a la que fue sometida. A pesar de su abrupta muerte, la presencia de Perpetua se transforma en un cadáver que Fausta debe buscar enterrar pero también en una carga emocional que debe poder superar.

Tal y como indica su lema promocional, la película es “un viaje del miedo a la libertad” que Fausta realiza tanto en sentido metafórico como literal, empezando en una camilla de consultorio médico y recorriendo diferentes espacios como el mercado, las escaleras de los cerros y las calles de la inhóspita capital. Este desplazamiento convulso que la protagonista debe realizar se enfatiza visualmente a través de una cinematografía dinámica dirigida por la argentina Natasha Braier. Los traveling en retroceso que enfocan a Fausta en un primer plano mientras atraviesa pasajes estrechos como el del mercado o el hospital son los ejemplos más claros. Aún cuando la cámara permanece fija también se generan planos como aquellos picados y generales del cerro que transmiten su inmensidad y vertiginosidad. Las melancólicas sinfonías de la franco-holandesa Selma Mutal acompañan varios desplazamientos de Fausta para recordarnos la tensión e inseguridad que experimenta la protagonista al verse obligada a recorrer el mundo sin su madre. Pero la música no se limita a esta banda sonora ya que la propia Fausta, al igual que su madre, se convierte en fuente de canciones que no son tanto un reflejo de su dolor como una forma de defensa contra el mismo. A través de las composiciones y voz sublimes de la también cantautora Magaly Solier, Fausta evoca el rol de las cantantes folclóricas que acompañan la vida diaria en los Andes y se erige como la sirena de la canción más simbólica de la película.



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Vértigo. Fausta paralizada por el miedo a un hombre.

Si bien el viaje de Fausta es espinoso y prolongado, la película nunca se convierte en un vía crucis neorrealista. El melodrama que la rodea en parte se disipa por la cuota de comicidad que aportan los miembros de la familia de Lúcido (Marino Ballón), el tío de Fausta. Este grupo de personajes secundarios también desarrollan una trama paralela en torno a la boda de la hija de Lúcido, Máxima. Esta trama sirve de excusa para representar la cultura popular limeña, mejor conocida como chicha, que surgió de la fusión de culturas migrantes de todo el país durante los 80 y 90. El paisaje monocromático de los cerros y arenales de la periferia limeña sirven de lienzo idóneo para desplegar el arte chicha a través de las decoraciones y trajes que la familia de Lúcido utilizan para organizar recepciones de bodas. Las cumbias psicodélicas que se imponen en estas celebraciones, la mayoría provenientes del icónico grupo Los Destellos, son la cerezas del pastel fastuoso que es la puesta en escena de Llosa. Aunque este retrato fidedigno de una cultura ajena a la propia pudo costarle nuevos reproches de apropiación cultural, Llosa nunca demuestra una actitud condescendiente o maliciosa hacia la comunidad que inspira su película. Por el contrario, personajes como Máxima reivindican una feminidad asertiva frente a los hombres mientras que su hermano Jonathan y el grupo de estilistas de la boda de Máxima visibilizan a la comunidad gay. La familia de Lúcido en ese sentido rinde tributo a toda una sociedad migrante que, tras décadas de desgracias, ha logrado sobrevivir para poder finalmente celebrar. Eventualmente también encontraremos en el jardinero Noé a una figura masculina serena y empática que será clave para la curación emocional de Fausta.

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Este desplazamiento convulso que la protagonista debe realizar se enfatiza visualmente a través de una cinematografía dinámica.
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No podemos terminar de apreciar la ingeniosa estampa cultural de La teta sin destacar su componente de realismo mágico. Aunque es compartido con el resto de Latinoamérica como consta en las obras de García Márquez y Borges, este fenómeno está estrechamente unido a la cosmovisión andina, a las creencias heredadas de la cultura Inca que han perdurado a través de leyendas, rituales y canciones como las que fueron recogidas por la literatura del destacado escritor indigenista José María Arguedas. Claudia Llosa se inspiró en dicho legado cultural para crear un personaje que está marcado por una condición difícil de explicar. Por contradictorio que parezca, el aspecto “mágico” de su origen (que su alma se escondió en la tierra por el susto transmitido por la leche materna) ayuda a que empaticemos mejor con Fausta, y su credibilidad no se cuestiona precisamente por su origen andino. La protagonista eventualmente comparte dos historias mágicas que refuerzan su vínculo con el misticismo andino. La primera explica de que ella camina siempre pegada a las paredes de las calles porque en su pueblo natal las almas perdidas suelen atrapar a quienes caminan sin cuidado como un hermano suyo. La segunda es la de la canción de los músicos y la sirena que Fausta canta en casa de Aída, la pianista que interpreta Susi Sánchez y que busca apropiarse de su melodía. Aunque siempre queda en un plano estrictamente metafórico, este realismo mágico aporta una capa de intriga a un drama de por sí inusual que también refleja la fascinación y respeto de la autora por el universo andino que lo inspira.


cultura chicha
Cultura chicha. Una de las recepciones que organiza la familia de Lúcido.

Es posible que el film de Llosa haya fascinado desde un inicio a sus productores españoles y más tarde a los jurados de festivales europeos como el de Berlín por su cuota de exotismo. Nadie más que la propia guionista y directora podría decir cuánto peso tuvo dicho aspecto en la apariencia final de la película, y es perfectamente admisible debatir sobre ello por los precedentes nocivos de películas usualmente europeas y hollywoodenses sobre nuestros países. Dicho esto, considero que La teta asustada, a diferencia de su predecesora, supera el morbo por una cultura exótica por su enfoque central en la emancipación de una víctima de terrorismo como Fausta. En ese sentido Magaly Solier es prácticamente co-autora de un personaje que reivindica la gracia y fortaleza de la mujer andina tanto a través de sus cantos emotivos como de su interpretación soberbia. La petrificación y vulnerabilidad psicológicas de Fausta se manifiestan menos en sus diálogos y más en el lenguaje corporal de Solier, especialmente en sus penetrantes miradas que Llosa reluce en primerísimos planos. La agresividad pasiva de la Aída de Susi Sánchez, tristemente reducida a escenas cortas, también le permite a la actriz huantina representar convincentemente el abuso racista que suelen sufrir las empleadas domésticas de ascendencia andina. Se puede decir que la relación entre personaje y actriz fue significativamente recíproca porque mientras Solier convirtió a Fausta en un arquetipo de mujer para el cine latinoamericano, Fausta encaminó a Solier a una filmografía internacional que incluiría, entre otros directores, a Peter Brosens (Altiplano, 2009), Mateo Gil (Blackthorn, 2011) y María Paz González (Lina de Lima, 2019). Para una película que tuvo por objetivo visibilizar el drama silenciado de muchas mujeres peruanas, es reconfortante que al hacerlo también haya consagrado los talentos de su directora y actriz protagonista.

En una entrevista Kimberly Theidon reconoció que la libre adaptación cinematográfica de Llosa sobre su libro fue "una de las cosas más gratificantes" que ha vivido como investigadora “comprometida la política y con la justicia social” porque "una película va a llegar a muchos más que cualquier libro, artículo” académico. Creo que no hay Oso de Oro que supere este espaldarazo que rescata el valor de La teta asustada como obra valiente y reivindicativa de una realidad femenina imperdonable. Probablemente el mayor reclamo que se le puede hacer a su historia de emancipación, más aún en tiempos de violencia machista exponencial, es la ausencia de algún personaje masculino que reconozca que el pavor de Fausta a ser violada no es exagerado, y que castigue comportamientos repulsivos como el del primo acosador. Por lo demás La teta asustada es un orgullo de película peruana que despliega un formidable y atípico lenguaje audiovisual, mezcla de Agnès Varda con Apitchapong Weerasethakul, y una mirada femenina empoderante comparable a la de Isabel Coixet en La vida secreta de las palabras (2005). A pesar que no haya logrado reproducir esta misma fórmula con su tercer largometraje y no vaya a retomar la cultura peruana para el cuarto, Claudia Llosa mantendrá por siempre un lugar relevante en su cine natal por la contribución de esta obra de resonancia atemporal e internacional, un fruto excepcional como la flor de papa que no solo nació de un terreno infértil sino que marcaría el inicio de su milagrosa fertilización. linea cita blog
El paisaje monocromático de los cerros y arenales de la periferia limeña sirven de lienzo idóneo para desplegar el arte chicha.
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sueño de libertad
Sueño de libertad. Fausta y la flor de papa.

La teta asustada puede verse en Filmin.

Publicado el 16/03/2020



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