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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

LA MIRADA DEL NIÑO


The fall
Cartel de la película The Fall. El sueño de Alexandria (2007), de Tarsem Singh. La película fue presentada por Spike Honze y David Fincher y a día de hoy es considerada de culto.


EN ESTE MUNDO TAN PRÁCTICO, TAN IRREMEDIABLEMENTE PRÁCTICO, RETOMAR LA MIRADA DEL NIÑO ES CONSUELO AGRIDULCE.


Esperando que el año haya comenzado con el pie derecho, que la nueva década se esté desplegando sin sobresaltos, que la llegada de la primavera esté haciéndose notar poco a poco con su dulce melancolía de siempre (tiempo que pasa, sí, otro año más: desperezaos, salid de la cueva, pasead flâneurs por los parques de Madrid y disfrutad del sol que contagia su vigor con sobredosis de vitaminas): os saludo y os traigo un regalo. Porque os propongo hablemos de la mirada del niño, de la imaginación y de la inocencia. Y que hablemos de ello poniendo el foco en dos películas y un libro: en primer lugar, The Fall. El sueño de Alenxandria (2007), del director indio Tarsem Singh; después, El pan de la guerra (2017), película de animación dirigida por la irlandesa Nora Twomey, de Cartoon Saloon [El secreto del libro de Kells (2009), La canción del mar (2014)], y que se encuentra disponible en Netflix; y, para terminar, la novela El dios de las pequeñas cosas (1997), de la india Arundhati Roy. Las tres historias tienen por protagonistas niños cuya forma de ver la vida impregna la narración (en el caso de la novela de Roy y la película de Twomey) y la puesta en escena (en el caso de la película de Singh), ello en el marco de una trama adulta y notablemente dramática. No otro sería el nexo de unión entre las tres historias: niños en un mundo adulto, terriblemente adulto. Por ello, aparto historias de enorme imaginación y maestría, tales como Peter Pan (1911, tomando la novela como referencia) de J.M. Barrie y el Hook (1991) de Spielberg (con su sempiterna escena de la pelea de comida, fantasía de toda infancia, qué movimiento de cucharón del genial y añorado Robin Williams); la novela El señor de los ladrones (2000), de Cornelia Funke; El viaje de Chihiro (2001), de Hayao Miyazaki; o La princesita (1995), de Alfonso Cuarón. Frente a lo que ocurría con la Juliana que da nombre a la película peruana de 1989, tan bien explicada por mi compañero Gustavo Taboada en su artículo del pasado viernes 31 de enero, la inocencia de los niños que protagonizan las tres historias aquí elegidas no termina de interrumpirse. Antes bien, su inocencia nos traslada a un mundo paralelo donde crueldad y belleza se amanceban. Dice Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás (2003): “La persona que está perennemente sorprendida por la existencia de la depravación, que se muestra desilusionada (incluso incrédula) cuando se le presentan pruebas de lo que unos seres humanos son capaces de infligir a otros —en el sentido de crueldades horripilantes y directas—, no ha alcanzado la madurez moral o psicológica.// A partir de determinada edad nadie tiene derecho a semejante ingenuidad y superficialidad, a este grado de ignorancia o amnesia” (pág. 97). Y quizá porque estos pequeños protagonistas sí tienen aún derecho a ser ingenuos, sí tienen derecho a interpretar la vida a su favor, que la traducción que hacen de su realidad nos conmueve enormemente, nos deshiela, acaso porque todos fuimos niños y hay fácil empatía, acaso porque añoramos el derecho a traducir, también, lo que vemos y nos acontece: a embellecerlo, a reírnos, a evadirnos. Por último, y como siempre, un último aviso a navegantes: este artículo contiene spoilers. linea cita blog
Historias que hablan de niños que siguen siendo niños en un mundo terriblemente adulto.
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Con la excusa de recuperar la fascinación por los cuentos de cuando éramos niños, The Fall habla de la génesis creativa y de la depresión.
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Supe de The Fall gracias a la insistencia de una buena amiga cinéfila, amiga mía desde la Primaria y con quien compartí el imaginario de las novelas adolescentes: desde Harry Potter hasta Las crónicas de la torre. Premio a mejor película en el Festival de cine fantástico de Sitges en 2007, The Fall, remake de la película búlgara Yo Ho Ho (1981), es la obra maestra de Tarsem Singh, quien se tomó cuatro años para rodarla, visitando hasta 24 países, y puso en ella toda su pasión por el arte de contar historias y el don de saber escucharlas y disfrutarlas. La película tiene por protagonista a Alexandria, niña de alrededor de seis años de edad que ha inmigrado desde Europa del este. Alexandria está internada en un hospital de la California de los años 20 tras haberse roto un brazo al caerse recolectando naranjas en el campo en el que trabaja junto con su familia. Allí conoce a Roy, un especialista en hacer secuencias de acción. Roy está sumido en una depresión tras haber sufrido un accidente que puede dejarle paralítico, todo por intentar impresionar a una ex-novia que le ha dejado por un famoso actor. Este accidente es mostrado por Singh en su maravilloso opening en blanco y negro y a cámara lenta, mientras suena la sinfonía n.º 7 en La Mayor, op. 92.II-Allegreto, de Beethoven. Roy comenzará a contarle una historia a Alexandria, una historia É-PI-CA. El protagonista, el bandido enmascarado, debe prevenir la muerte de su hermano gemelo a manos del malísimo gobernador Odious. Le acompañan cinco pintorescos personajes: un antiguo esclavo y libertador, un italiano experto en explosivos, un indio cuya mujer fue secuestrada por Odious, Charles Darwin (junto con su fiel compañero el mono Wallace), y un místico enviado por los dioses para ayudarles en la campaña. El director nos sumerge en la imaginación de la pequeña Alexandria. Su estrategia, efectiva sin duda, pasa por trasladar al relato de Roy elementos de la experiencia cotidiana de la niña, incluyendo a las distintas personas que habitan el hospital.

Fotograma the fall
Fotograma de The Fall. El sueño de Alexandria. Los cinco héroes originales del relato imaginado por Roy se encuentran con el místico (de izquierda a derecha): Charles Darwin, el indio, el bandido enmascarado, el italiano y el antiguo esclavo.

Los mecanismos que Tasem emplea para enfatizar la fantasía de la pequeña no terminan ahí: el relato de Roy está plagado de colores, disfraces exagerados y paisajes y escenarios de ensueño. Y, para deleite del espectador, abundan los planos generales, aunque ante tanta exhuberancia poco nos sacien. Pero la calidad de la película no termina en lo estético. Como decía, Roy está deprimido. Chantajeará a Alexandria. Solo continuará con la historia si la niña le consigue unas pastillas. Y, conseguidas las pastillas, Roy intentará suicidarse. No lo consigue, claro, pero su depresión comienza a reflejarse en la historia de bandidos que cuenta a Alexandria, una historia pretendidamente inconexa y que en todo caso sublima los propios problemas de Roy. En el clímax de la película, Roy hará matar uno a uno a los héroes que juraron dar muerte al malísimo Odious, y lo hace de una forma cruel. Alexandria, a quien han tenido que operar tras caerse de la estantería de donde pretendía hacerse con más pastillas para Roy, no dispuesta a aceptar ese final, se rebela. En su pelea por determinar el final de la historia, la niña demuestra comprender que no hay distinción entre realidad e historia, y suplica a su amigo que por favor no se condene, que no muera. Y Roy se redime, acepta seguir luchando, acepta la vida y se acepta a sí mismo. Supera su egoísmo. Decide no hacer cargar a la niña con semejante culpa. Y nosotros nos encontramos con una película que, con la excusa de recuperar la mirada fascinada de una niña de cinco años, de desplegar un mundo de fantasía y reflexionar sobre el proceso de creación artística como traslación de una psicología concreta, termina por mostrarnos cómo, de forma inesperada, una niña desconocida salva a un hombre desconocido. Y lo hace, esto ya sí, sin edulcorantes.


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Fotograma de The Fall. El sueño de Alexandria (2007). El bandido enmascarado cubre las heridas de su hermano gemelo, el bandido azul, asesinado por el gobernador Odious.

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Parvana es una joven afgana que tendrá que hacerse pasar por un chico para que su familia salga adelante.
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Mientras en The Fall el cuentacuentos es un hombre adulto, en El pan de la guerra nos encontramos con una narradora privilegiada: Parvana, una niña afgana de once años que vive en el Kabul talibán del año 2001. Llevando a la pantalla el libro homónimo de la canadiense Deborah Ellis (2002) y con Angelina Jolie como productora ejecutiva, la tercera película de Cartoon Saloon cuenta la historia de una niña que tiene que hacerse pasar por niño tras el arresto de su padre. Como en la familia son tres mujeres y un bebé, y no pudiendo las mujeres (incluso con burka) salir solas a la calle sin ser amonestadas duramente (o peor), Parvana se corta el pelo y ocupa la ropa de su hermano mayor fallecido, Sulayman. Así puede acudir al mercado, vender algunas cosas, conseguir dinero con algún que otro trabajillo. Y ello junto con Shauzia, amiga suya de otros tiempos y que también sobrevive haciéndose pasar por un chico. Animada por Shauzia, Parvana intentará ahorrar dinero a fin de sobornar a los guardias de la prisión donde tienen encerrado a su padre.

el pan de la guerra
Cartel de la película El pan de la guerra (2017), de Nora Twomey, película basada en la novela homónima de la canadiense Deborah Ellis.

Por las noches, Parvana cuenta una historia a su hermano pequeño. Y lo que comienza como una historieta para tranquilizar al bebé, termina siendo fuente de entereza para Parvana. Ya se lo dijo su padre en una de las secuencias iniciales de la película: “las historias permanecen en nuestro corazón incluso cuando no queda nada más”, cita a la que ahora hacemos decir que las historias nos dan fuerza cuando no tenemos otra cosa a la que aferrarnos. Así, Parvana inventa la historia de un valiente niño que debe enfrentarse al terrible Rey Elefante y su escolta de jaguares para recuperar las semillas de la cosecha del próximo año, robadas por el malvado rey. El niño es valiente. Sabe que está solo. Sabe que las semillas deben recuperarse, que tiene que pelear. Es valiente, sí, y responsable también, pero tiene miedo. Y ese miedo se representa con una masa informe, vaporosa, que le persigue y a la que no se atreve a mirar directamente. Si corre más rápido, la masa acelera. Si baja el ritmo, la masa le imita. No hay escapatoria. La historia se reconduce cuando la madre de Parvana interviene: una anciana bruja proporcionará al chico la clave para vencer al Rey Elefante. Para trasladarnos al cuento imaginado por Parvana, la directora Nora Twomey recupera el impresionante estilo de Cartoon Studios: tomando falsas perspectivas y obviando la profundidad, diseña un mundo preciosista, de una belleza impactante y elegancia suprema, en una joya animada. (Sonrío al pensar en un relato muy parecido a éste que comencé hace ya cuatro años… Quería llamarlo Cuentos de las aves invisibles de abril).


fotograma el pan de la guerra
Fotograma de la película El pan de la guerra (2017). Para diferenciar la historia imaginada por Parvana de la vida real, la directora opta por un estilo preciosista sin profundidad y con falsas perspectivas.

De nuevo en la trama principal, la real (y tan real, la autora de la novela escribió El pan de la guerra a partir de los testimonios que mujeres y niñas de campos de refugiados compartieron con ella), las cosas se complican: con motivo del matrimonio de la hermana mayor de Parvana con un primo lejano, la familia debe trasladarse a otra ciudad. Parvana consigue la autorización de su madre para intentar avisar a su padre de a dónde se dirigen, con la esperanza de que al menos así, llegado el día, pueda encontrarles. Pero la guerra está al caer y van a cortar las carreteras. Un enviado del futuro marido acude antes de lo esperado y se lleva consigo a madre, hermana mayor y bebé, sin que puedan oponerse. Parvana, por su parte, llega a la prisión, donde se encuentra con que están fusilando a los prisioneros más débiles o a aquellos que se niegan a tomar las armas y luchar junto con los talibanes. Un amigo de Parvana, un buen hombre redimido, intentará sacar a su padre de la prisión, pero Parvana debe ser paciente. En esta desasosegante espera, Parvana continúa para sí misma la historia del Rey Elefante y el valiente niño, quien resulta ser su hermano Sulayman, muerto por una mina antipersonas. Parvana se cuenta la historia, se cuenta que Sulayman vence al malvado Rey Elefante (en realidad, Sulayman cuenta su historia al Rey Elefante y este se conmueve y domestica), y de ella consigue las fuerzas que la vida real le drena con tanta ansia.

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La mirada del niño en El dios de las pequeñas cosas late en toda la novela de Arundhati Roy.
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La comparación entre The Fall y El pan de la guerra es más evidente y más legítima: ambos recogen el imaginario infantil y el arte de contar cuentos, hablan de la ficción en su faceta de evasión pero también redentora. Traer a colación El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy, es más complicado. Por de pronto, apartamos la figura del cuentacuentos, inexistente en la narración de Roy. Sin embargo, y he aquí lo maravilloso de la novela, lo que la hacen única y especial, lo que hizo que en el verano del 2016 provocara que lo leyera de una forma inusitadamente pausada, todas las frases eran un deleite, un manjar que no querrías acabar: es en el propio texto [no en la trama, no en ningún acompañamiento de imágenes/dibujos, como ocurre, por ejemplo, en El curioso incidente del perro a medianoche (2003), de Mark Haddon] donde se encuentra el imaginario infantil, ello aunque el libro esté narrado en tercera persona (en realidad, emplea un estilo indirecto libre). Os cuento. El dios de las pequeñas cosas habla de dos hermanos mellizos, una niña (Rahel) y un niño (Estha), que con siete años de edad su vida da un vuelco trágico. En la medida en que la narración no es lineal, el lector conoce desde el principio que ha ocurrido/va a ocurrir una tragedia, en la que la escritora nos sumerge poco a poco, teje nuestras emociones y nos atrapa en una red de belleza y de crueldad amancebadas. Rahel y Estha viven en la India de 1969, más en concreto en Ayenemen, Kerala. Su madre, Ammu, está separada de un marido abusivo, con quien se casó para escapar del opresivo ambiente familiar. En muy resumidas cuentas, Ammu inicia una relación amorosa con un intocable, Velutha, un chico muy inteligente y de ideas comunistas. Tras descubrirse su amor prohibido, teniendo a los niños por culpables, Ammu se enoja con sus hijos. Rahel y Estha deciden huir de la casa en una barca. A la huida se sumará su prima inglesa, Sophie Mol. Sophie Mol morirá ahogada. Velutha, asesinado por los policías de Ayenemen. Rahel y Estha serán separados durante más de veinte años. El final-final de la novela, por lo demás, es Arundhati Roy llevando a sus últimas consecuencias la temática de los amores prohibidos, razón por la cual no puede considerarse El dios de las pequeñas cosas una novela para todos, a pesar de ser su trazo tan delicado y sabio, como bien lo demuestra el siguiente pasaje:

“— Ammu, si eres feliz en un sueño, ¿cuenta?— preguntó Estha. — ¿Que si cuenta qué? — La felicidad. ¿Cuenta? Sabía perfectamente a lo que se refería aquel hijo suyo con el tupé deshecho. Porque la verdad es que sólo cuenta lo que cuenta. La sabiduría simple e inquebrantable de los niños. Si comes pescado en un sueño, ¿cuenta? ¿Quiere decir que has comido pescado?”.

novela y autora
Novela y autora.

¿Y en qué consiste la mirada del niño en esta obra maestra? En que Roy textualiza esa mirada. ¿Y cómo? Mediante técnicas no tan complicadas y que desde luego funcionan. Roy conceptúa palabras normales, situaciones o personas con la primera letra en mayúscula. También recurre a símiles ingeniosos y como de juego, y repite una y otra vez las máximas lanzadas por los mayores. Os facilito otro pasaje para verlo mejor. Es una escena muy dura. Estha ha acudido al cine junto con su familia para ver por cuarta vez Sonrisas y lágrimas. Como el pequeño no puede contenerse las ganas de cantar al unísono junto con los personajes de la película, tiene que salir de la sala. Allí está el Hombre de la Naranjada y la Limonada, que abusará sexualmente de Estha, engañándole para que le masturbe. Roy lo narra como sigue:

“—Muy bien —dijo el Hombre de la Naranjada y la Limonada—. Estupendo. Su mano apretó con más fuerza la de Estha. Una mano fuerte y sudorosa. Y la movió más deprisa aún. Rápido, rápido, rápido, corren las ruedas del ferrocarril. Erre con erre, cigarro, erre con erre, carril. […] Cuando volvió a entrar en la oscuridad con olor a aceite para el pelo, seguía con la Otra Mano cuidadosamente separada del cuerpo […] Y luego, dentro de las cabecitas de ciertos gemelos heterocigóticos que estaban entre el público del Cine Abhilash, surgieron algunas preguntas que necesitaban respuesta, o sea: a) ¿Balanceaba la pierna el gomoso capitán von Trapp? No. b) ¿Hacía el gomoso capitán Von Trapp pompas con saliva? Casi seguro que no. c) ¿Hacía ruido al comer? d) No. Ay, capitán Von Trapp, capitán von Trapp, ¿podría querer al niño de la naranja que estaba en aquella sala olorosa?”


¿Qué más puede decirse? La mirada del niño: ¿conmueve? Sí. ¿Embellece? Sí. ¿Duele? Puede ser. En una entrevista a una Arundhati Roy más joven, la autora reconoce temer una película de su novela, asegurando que probablemente resultaría demasiado, demasiado cruda. Ergo, demasiado bella y cruel, algo grotesca. Porque en este mundo práctico, irremediablemente práctico (citando a Roy) y terriblemente adulto (esto ya es cosa mía), la mirada del niño es consuelo agridulce. Quizá porque, como dice Sontag, ya no tenemos derecho a ella. No es una mera cuestión de biología. No tenemos derecho a una cirugía fantástica. En nuestro yo más íntimo, el más recóndito, tras el cortinaje de vida cotidiana y el traje de oficina, tras la sedimentación de los años y la erosión de la experiencia, somos conscientes de que la visión del niño, su sabiduría simple e inquebrantable, tiene fecha de caducidad. Y quizá a ello se debe que, cuando escritores y cineastas aventajados nos regalan estas historias, las construyan en esa ambivalencia. Admirados por lo que fue. Descreídos de lo que en realidad era. Nos regalan obras de arte, piensa una Egonauta. linea cita blog
Cuando escritores aventajados nos regalan estas historias, las construyen ambivalentes, admirados por lo que fue, descreídos de lo que en realidad era.
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Publicado el 14/02/2020



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