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IMPACTANTE EMOCIONANTE ANAFILACTICO

DÍA DE LA MUJER: DIRECTORAS


El orden divino
fotógrafa de una de la películas que participan en el Festival internacional de cine hecho por mujeres (Madrid).


Aprovechando la celebración del Día de la mujer trabajadora de este domingo 8 de marzo, esta tribuna, escrita de forma colaborativa con las cuatro voces del blog, reivindicamos la necesidad de que termine de visibilizarse, impulsarse y consolidarse la presencia de las mujeres en la dirección de películas. Y para ello presentamos la trayectoria de cuatro directoras: de una pionera belga, de una peruana valiente, de una estadounidense consagrada y de una española prometedora.


AGNÈS VARDA


Agnes Varda

Hablar de descubrimiento cuando hablamos de Agnès Varda (1928-2019), al menos para el sector más cinéfilo de nuestros lectores, puede resultar histriónico, chirriante; pero les hubiera retado a este ejercicio antes de empezar a leer el artículo: si les hubiera preguntado por cinco directores adscritos a la Nouvelle vague, ¿cuántos habrían recordado a Varda para incluirla en esa lista? Porque, desde luego, su sensibilidad realista y social, su experimentación con los recursos del lenguaje cinematográfico y la constancia y perdurabilidad de su talento (que contrasta con la irregularidad del genio de Godard) la encaraman en ese podio de la cinematografía de autor y de vanguardia. De hecho, su primera película, La Pointe Courte, es considerada como precursora estilística de este movimiento (aunque todavía presentara rasgos neorrealistas), a cuyas características más significativas debo dedicar unas líneas para destacar, precisamente, la relevante proyección de Varda sobre el cine contemporáneo.

La “nueva ola” del cine francés fue una rebelión contra la tradición que le precedía, muy impregnada a la literatura, a la palabra, para revindicar la autonomía del lenguaje de la imagen en movimiento. Lo que muñe a este grupo tan heteróclito de creadores es la convicción de su inventiva formal, plasmada no obstante en registros muy diversos, que renovó enérgicamente el lenguaje cinematográfico de su época, algo anquilosado desde las últimas aportaciones del maestro Welles; inventiva de tendencia impresionista (y pretendidamente espontánea) que redescubrió el poder singular de la “mirada” de la cámara (de la fotografía, de la composición de los planos como factor expresivo, y aquí radica la mayor contradicción de esta corriente: aspiraban a un cinéma vérité en el que la libertad de la cámara no mediatizara la impresión del espectador, pero justamente los recursos para conseguir esa fluidez revelan decisiones que se interponen entre un espectador “autosuficiente” y la realidad mostrada) y la capacidad del montaje para construir una narrativa independiente que amplía las posibilidades poliédricas para contar una misma historia. También lograron instituir una producción de cine de autor, en la que la identidad del creador y su universo intelectual y emocional se convierten en alicientes indispensables del atractivo fílmico, frente a la abundancia de la industria comercial (que impone, a cambio, sus cortapisas creativas).

Esa inquietud e innovación desprenden una clara ambición por propugnar la autonomía del lenguaje de la imagen en movimiento. La influencia de este movimiento en toda la producción posterior ha sido inevitable, siquiera porque han permeado algunos de sus recursos estilísticos (la movilidad y agilidad de la cámara, por ejemplo). De ahí la importancia de Varda, una de sus adalides más dotadas y llenas de verdad. Conocida como “la abuela de la Nouvelle vague”, por su carácter entrañable y bondadoso (afirmaba que “la empatía es más importante que la curiosidad”), nos ha legado un documento imprescindible para conocer su obra y su manera de entender el arte: el documental Varda por Agnès, en el que combina fragmentos se sus películas y didácticas explicaciones sobre su vocación para hibridar “la textura documental con el desarrollo narrativo” y “la irrupción de la subjetividad del autor” (en palabras del crítico Sergio F. Pinilla). Por eso me remito a ese documental para ahondar en la prolija obra de esta artista (unas cuarenta piezas entre largos y cortos de ficción y documentales), y también para no caer en el enciclopedismo. No obstante, apostillo: entre mis preferencias estarían Cleo de 5 a 7, cuya angustia existencialista ante la enfermedad agita conciencias; y el documental Los espigadores y la espigadora, una sutil y sorprendente visión de aquellos que recuperan las cosas que los demás despreciamos.

Además de pionera como creadora cinematográfica, galardona con premios como el Óscar honorífico, el León de Oro de Venencia o Palma de Oro honorífica de Cannes, también fue una pionera del feminismo; y de ahí su rabiosa actualidad como símbolo y su oportunidad para recordarla en este artículo. Su película Sin techo ni ley, dolorida y cruda, es una reflexión sobre la represión social femenina. Su feminismo es un feminismo pletórico de valentía y optimismo, que desafiaba constantemente los prejuicios socioculturales y se sacudía sus propios prejuicios adheridos, sin imposturas y con honestidad, y que le llevaría a rodar una película de acción, Las criaturas, que le hizo sentirse “muy orgullosa porque tenía un poco de complejo de que una mujer no podía rodar acción”. Fue ella quien dijo “sugerí a las mujeres que estudiasen cine. Les dije: “Salid de las cocinas, de vuestras casas, haceos con las herramientas para hacer películas”. Ojalá que este reclamo termine de inyectarse en la industria para que cada vez haya más mujeres directoras que enriquezcan (y se les permita enriquecer) la sensibilidad y las posibilidades expresivas de la imagen en movimiento.

Cleo de 5 a 7, Los espigadoras y la espigadora y Varda por Agnès están disponibles en Filmin.



Claudia Llosa


claudia llosa

Debido al desarrollo relativamente limitado de su industria nacional podría asumirse que el Perú tiene poco que contribuir al legado mundial de las mujeres en el cine. Lo cierto es que no son pocas las realizadoras peruanas a destacar, desde documentalistas pioneras como Nora de Izcue y Heddy Honigmann hasta autoras de ficción contemporáneas como Enrica Pérez y Rossana Díaz Costa. Pero lo más admirable es que la figura peruana con mayor proyección internacional al día de hoy, la primera y única en haber conseguido un Oso de Oro de la Berlinale y una nominación a los Óscar, resulta que es mujer.

La vocación artística de Claudia Llosa seguramente proviene de ese ADN prodigioso que comparte con sus célebres tíos, el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y el también cineasta Luis Llosa. Al margen de esta herencia privilegiada, no debe haber sido fácil para la peruana plantearse una carrera a la sombra de grandes figuras masculinas y construir una identidad propia que supere el peso de su apellido. A ello hay que sumar el contexto de crisis que sufriría el cine peruano a partir de los 90, época en la que Llosa estudió cine en la Universidad de Lima. Tras obtener su Licenciatura, Llosa acertó en continuar su formación como realizadora y guionista entre la Universidad de Nueva York y la Escuela TAI de Madrid. Recién en 2006, dos años después de estrenar el cortometraje Seeing Martina, la realizadora tuvo su debut en salas con Madeinusa. Aunque no logró ser un éxito comercial, el film se estrenó en festivales de renombre como Rotterdam, Sundance y Málaga y obtuvo notables premios. Pero la mayor recompensa que Llosa pudo obtener de Madeinusa fue conocer y trabajar con Magaly Solier, la actriz y musa idóneas para su siguiente proyecto milagroso.

La teta asustada en efecto marcó un antes y un después en el cine peruano por sus reconocimientos sin precedentes, especialmente una nominación al Óscar que ni siquiera las obras más potentes de Francisco Lombardi pudieron recibir. Pero el segundo largometraje de Llosa marca también una serie de reconciliaciones, comenzando por la de la propia directora con la comunidad andina por haber representado osadamente sus tradiciones más recónditas en Madeinusa, y terminando por la del espectador peruano con el género sobre la época del terrorismo interno. En medio yace la historia de la reconciliación de una víctima de dicho episodio consigo misma, con su pasado y con los hombres. Claudia Llosa no sólo concibió un guión detallado sobre una condición incomprendida y difícil sino que además lo tradujo a un lenguaje cinematográfico contemplativo e intrépido, insólito para un cine peruano más bien conservador. La interacción entre la mirada empática de la cámara de Llosa con la melancólica de Magaly Solier constituye el corazón de una obra que sólo podría haber firmado una mujer.

Claramente alejada de la adrenalina y espectáculo de la filmografía de Luis y de los tópicos políticos y autobiográficos de la literatura de Mario, Claudia ha logrado definir un perfil artístico auténtico desde que recibió el Oso de Oro de manos de Tilda Swinton en 2009, y parece que se ha retado a sí misma en descubrir realidades desconocidas que ahonden sobre la vulnerabilidad humana. Ahí están el galardonado cortometraje Loxoro (2011) sobre la persecución sufrida por la comunidad transexual peruana, y su primer largometraje en inglés Aloft (2014) que aborda un nuevo trauma relacionado con la figura materna en el Canadá más gélido. Ahora está por concluir la adaptación de la novela argentina Distancia de rescate, financiada por Netflix y protagonizada por Dolores Fonzi y María Valverde, y que persigue la misma preocupación por las relaciones rotas entre madres e hijas. Aunque nunca vuelva a filmar en Perú, la carrera de Claudia que hoy se gesta desde Barcelona siempre será sinónimo de pujanza y creatividad peruanas. Porque más que la primera mujer en llevar al cine peruano a lo más alto, siempre será la primer cineasta en haberlo hecho.

Los tres largometrajes de Claudia Llosa pueden verse en Filmin.



Sofia Coppola


sofia coppola

Sofia Coppola fue la tercera mujer en la historia de la Academia en estar nominada al Oscar a Mejor Dirección, por detrás de la italiana Lina Wertmüller con su Siete Bellezas (1977) y de la neozelandesa Jane Campion con El Piano (1994). Y tras ella no se han sumado muchas más, solamente Kathryn Bigelow, que además ha sido la única en alzarse con el galardón, con En Tierra Hostil (2010) y Greta Gerwig, nominada por Lady Bird (2013).

Se podría decir que Coppola no podía haber nacido en un lugar más privilegiado para aprender a amar y a hacer cine que bajo la atenta mirada de su padre, el legendario Francis Ford Coppola (El Padrino, Apocalypse Now, La Ley de la Calle). Sin embargo, precisamente lo que hace grande a Sofia es que ha conseguido desprenderse de la etiqueta de “hija de” y se ha labrado una carrera al margen (con sus aciertos y sus errores) pero tratando de encontrar su ángulo y su voz.

En su primer largometraje, Las Vírgenes Suicidas (1999), en el que adapta la novela homónima de Jeffrey Eugenides, podemos percibir las bases de todo lo que será el cine posterior de la realizadora americana: su predilección por los personajes femeninos, una atmósfera onírica y un cuidado especial por la fotografía y la música que ya serían sellos de la casa. Ahí no solo demostró que era mucho más que la hija de su padre (o que la prima de Nicolas Cage y Jason Schwartzman) sino que además capta y transmite a la perfección la esencia de lo que supone ser adolescente, sin "adultilizar" a las menores.

Pero evidentemente su gran obra hasta la fecha ha sido Lost in Translation. Aquí Sofia nos cuenta la historia de dos personas que aparentemente no tienen nada en común: un actor mayor venido a menos y que en el último tramo de su carrera se encuentra rodando un anuncio en Japón mientras está estancado en un matrimonio frío y gris y la mujer de un joven fotógrafo, completamente entregada a su marido, el cual está precisamente en un gran momento profesional y que parece no tener mucho tiempo para ella, quien acaba por pasar los días limitándose a esperar a que vuelva por la noche. Alojados en el mismo hotel de Tokio, estas dos personas comienzan a hablar y a pasar los días juntos. La magia que consiguió Coppola fue captar y conseguir que tanto Bill Murray como Scarlett Johansson transmitiesen al mundo lo que supone sentirse perdido en medio de mucha gente y no encontrar tu sitio tanto en una gran ciudad, como dentro de tu vida sentimental (fuese esta breve o larga). Pese a sus diferencias, los protagonistas se sienten unidos por la soledad, y sin embargo encuentran en una persona desconocida, una inusual dosis de ternura y comprensión que aquellos que supuestamente tienen más cerca y deberían entenderles, son incapaces de proporcionarles.

Podríamos hablar también de algún tropiezo en la carrera de Coppola, como la insufrible The Bling Ring (2013) basada en hechos reales y en la que cuenta la historia de unos adolescentes que se colaban en casas de famosos en Beverly Hills para robarles ropa. La vacuidad, superficialidad y la penosa interpretación de las actrices seleccionadas (posiblemente el peor papel de Emma Watson hasta la fecha sin que esto sea mucho decir) hacen de esta película algo insoportable. Coppola también ha tonteado un poco con un cine algo más independiente, de planos fijos, conversaciones breves y nula acción, como lo que hizo en 2010 con Somewhere. Esta película, que le valió el León de Oro en el Festival de Venecia, mostraba la vida irregular de un actor cuyos únicos momentos de felicidad son aquellos que pasa con su hija. Hija encarnada además por una joven Elle Fanning que desde entonces se ha convertido, junto a Kirsten Dunst, en una de las actrices de referencia del cine de Coppola.

El último galardón que recibió Sofia fue en 2017 con la adaptación de La Seducción, y fue nada más y nada menos que el premio a Mejor Dirección en Cannes. Esta película, la última hasta la fecha de Coppola, es quizás la de contenido más marcadamente feminista, donde una pequeña escuela de señoritas sureñas acoge a un apuesto soldado herido del ejército yanqui y decide curarlo antes de valorar si entregarlo o no al ejército confederado. De nuevo con una atmósfera asfixiante, donde el calor hace que los largos ropajes de época se ciñan al cuerpo más de lo moralmente aceptado entonces y donde la presencia masculina desestabilizará la paz y la convivencia en un mundo de mujeres. Eso sí, quienes piensen que el desenlace será como el resultado de meter al lobo en el corral están muy equivocados.

Sofia Coppola y su cine están más vivos que nunca y esperemos que su determinación por mostrar personajes femeninos complejos, que yerran y que no necesitan encarnar valores tradicionales para ganarse el respeto o la libertad de actuar, siga plasmándose en sus películas.



Paula Ortiz


Paula Ortiz

No, la de la foto, detrás de la cámara, no es una actriz. Tampoco es una modelo haciendo un cameo. Ni la directora de fotografía. Etcétera. No, señor: es La Directora. Es Paula Ortiz, directora con un currículum imponente y un largo recorrido a sus espaldas. Filóloga hispánica y doctora (becaria FPU) en Estudios de Cine por la Universidad de Zaragoza, esta directora maña perfeccionó su conocimiento en las prestigiosas universidades de Nueva York (NYU) y de California en Los Ángeles (UCLA). A fecha de hoy, ha rodado dos largometrajes: De tu ventana a la mía (2011) y mi admirada La Novia (2015). Ambos largometrajes pueden verse en Filmin.

De tu ventana a la mía, como decimos, fue el primero. Con él, Paula Ortiz obtuvo el premio Pilar Miró al mejor nuevo director en la SEMINCI del año 2011, al tiempo que resultó nominada como mejor dirección novel en los Goya. La película cuenta tres historias paralelas. Habla de tres mujeres que habitan tres épocas distintas y se hallan en distintos momentos de su vida: Violeta (Leticia Dolera), joven soñadora, algo hada de los bosques, estudiante de botánica con su padre, vive en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera; Inés (Maribel Verdú), labradora algo estereotípica, mujer valiente y luchadora, vive en la España del principio de los cuarenta; finalmente, nos encontramos con Luisa (Luisa Gavasa), moradora del Zaragoza de comienzos de los 70 y que sueña despierta con conocer un gran amor al estilo de las películas americanas. Esta última es, en mi humilde opinión, la mejor, más innovadora de las tres historias.

Si bien De tu ventana a la mía es una película de interés, es La Novia la que me ha llevado a decidirme por esta directora y no otras, como pudieran ser Carla Simón, con su Verano 1993 (2018), o la emergente y prometedora Irene Moray, con su cortometraje Suc de Síndria (2019).

Fui a ver La Novia al cine. Diciembre de 2015. Estaba maravillada por la elección de una directora a la que no conocía. Al fin y al cabo, siempre me pregunto cómo es que el mundo cinematográfico español no se decide más a menudo por llevar a la gran pantalla alguna de las tantas obras maestras de nuestra Literatura… Porque La Novia está basado en Bodas de sangre, de Federico García Lorca, quien a su vez se inspiró en un suceso real, por cierto. La película narra la indecisión de una novia (Inma Cuesta) al elegir entre su prometido (Asier Exteandia) o un antiguo novio (Álex García Fernández). Este drama recupera el texto lorquiano original, si bien en una adaptación libre, definidamente más sensual. La película resultó nominada a doce Premios Goya, incluyendo mejor película, mejor director, mejor actor protagonista y mejor actriz protagonista, y resultó ganadora en la categoría de mejor actriz de reparto (para Luisa Gavasa, espléndida en su papel de madre del Novio) y mejor fotografía (para Migue Amoedo). Fue asimismo una de las películas consideradas para representar a España en los Oscars.

La obra de Paula Ortiz se caracteriza por un gusto para lo dramático en un sentido clásico, herencia de sus estudios como filóloga. No le preocupa sobrecargar la trama con una sucesión de tragedias. Se desentiende de aligerarla con breves momentos de comedia. Pero, antes de todo, esta directora es una esteta. Su preocupación por la forma es en todo punto idiosincrática. Busca un hálito poético, una forma de mirar, y la captura, sea con una dirección artística poderosa, unos diálogos literarios, una tendencia al simbolismo y una preferencia por el montaje.

A veces el tono poético de sus películas es más sutil, a veces es más exuberante. A veces el estilo es más acertado, y otras, a mi gusto, no… Es cierto que esta irregularidad, esta momentánea falta de elegancia, puede considerarse negativo. Sin embargo, en todo punto es la excepción a la regla: Paula Ortiz por lo general mantiene un tono elegante y absorbente, de enorme belleza, algo Malickiano incluso. Asimismo, esta “irregularidad” es una moneda de dos caras, ya que le permite alcanzar secuencias de enorme expresividad. Os facilito, para que lo comprobéis vosotros mismos, un enlace con una escena culmen de La Novia, que condensa todo el arte de esta gran directora. [Escena que, pensándolo bien, me recuerda a aquella otra de la más reciente Retrato de una mujer en llamas (2019), de Céline Sciamma, quien también interpone una hoguera entre sus dos protagonistas.]





Publicado el 07/03/2020



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